América bailó con nosotros: una carta desde el sofá al corazón del continente
Anoche, mientras el Super Bowl encendía millones de pantallas, algo más profundo se encendía dentro de mí. Porque no fue solo un show. Fue un espejo. Fue un abrazo. Fue una carta de amor a todos los que nacimos en esta América inmensa, la que empieza en la Patagonia, pasa por Guayaquil y llega hasta Utquiagvik. Y ahí estaba yo, sentada frente a la televisión con el pecho inflado de emoción, viendo a Bad Bunny celebrar lo que somos. Porque anoche no solo vimos a un artista cantar. Vimos un continente bailando.
Todo empezó con una caña de azúcar.
Y aunque digan que fue una referencia a Puerto Rico, no pude evitar pensar en mi Ecuador, donde también crece la caña como símbolo de trabajo, dulzura y herencia. Era la primera imagen del show, y ya me tenía con los ojos brillando. Porque esa caña no solo representa lo que se cultiva con las manos, sino lo que florece en el alma: el orgullo por lo que somos, aunque a veces nos hayan hecho sentir invisibles.
Luego vinieron las calles.
Una bodega en el escenario, pero para mí fue mi tienda de barrio. La de la esquina, donde comprábamos colas y pan con queso. La misma que también existe en México, Colombia, República Dominicana o Perú, con otros nombres, pero con el mismo espíritu. Y en ese momento entendí que cada detalle del show hablaba de todos nosotros, de todas nuestras esquinas, de todas nuestras familias.
Pero hubo una imagen que me hizo saltar de emoción: la boda.
El vestido, la música, el amor celebrándose en medio de la calle. Y, al fondo, casi desapercibido, ese niño dormido en la silla, porque la fiesta sigue. Y ahí, de pronto, fui yo. Fue mi hijo. Fuimos todos. Porque todos, en algún momento, hemos sido ese niño latino que se duerme mientras la alegría continúa. Porque la fiesta, en nuestros países, es comunidad, es familia.
Y entre las bodas y los bailes, entre la bomba, la plena, el dembow y la salsa, también llegó el momento más fuerte: Bad Bunny diciendo “God bless America” y luego nombrando país por país, del sur al norte.
Como debe ser. Como siempre debió ser.
Porque América somos todos.
No solo una bandera. No solo un idioma. No solo un país.
América es plural.
Es el portugués cantado de Brasil, con su samba y su feijoada.
Es el aroma a curry y pimiento de las Guayanas, donde se habla holandés, inglés, criollo y francés en la misma calle.
Es el blues, el soul y el hip hop nacidos en USA, mezclados con el spanglish de millones de hijos de inmigrantes.
Es la bodega del Bronx y la tiendita de barrio en Guayaquil.
Es la arepa y la pupusa. El ceviche y el caldo de piraña. El jollof rice de Surinam y el barbecue texano.
América es el tamal y la empanada.
Es el reggaetón y el pasillo.
Es la salsa choke y el mariachi.
Es el español con acento cubano, con tonada colombiana, con ritmo costeño, con mezcla andina.
Es el inglés con una gran diversidad de acentos. El francés con eco haitiano. El portuñol que baila en el Carnaval.
América es la abuela que reza en voz alta y el primo que aprendió inglés viendo películas.
Es la niña que baila cumbia en su fiesta de quince y el niño que se duerme en la silla de plástico mientras la boda sigue.
América somos nosotros.
Anoche, no importaba si vivías en Brooklyn o en Guayaquil. En la tarima del Super Bowl, todos estábamos representados.
Bad Bunny no solo cantó. Nos trajo al centro de una conversación. Lo hizo con colores, con ritmos, con detalles llenos de historia. Lo hizo sin gritar, sin confrontar, sin discursos. Lo hizo con lo más poderoso que tenemos: la alegría.
Y así, entre Ricky Martin cantando “Lo que le pasó a Hawái” y Lady Gaga bailando salsa con una sonrisa sincera, sentí que no estábamos viendo una presentación… estábamos viendo una afirmación. Una declaración de amor por nuestra cultura. Una que decía: “Seguimos aquí. Y no vamos a escondernos”.
Al final, Bad Bunny lanzó el balón con fuerza. Y ahí, estampadas, estaban las palabras que aún me retumban en el pecho:
“Together, we are America.”
Y sí. Juntos, somos América.
Con nuestras diferencias, con nuestras historias, con nuestras comidas y canciones. Somos un continente que ha sobrevivido desde la ternura, desde la música.
Gracias por recordarnos quiénes somos.
Gracias por demostrar que lo único más fuerte que el odio… es el amor.
Desde mi sofá, con el corazón en la garganta y los recuerdos en la piel, escribí estas líneas para no olvidar que anoche, en pleno Super Bowl, nos pusimos de pie sin movernos del lugar. Porque América bailó con nosotros. Y eso, nadie lo borra.